Sentirse seguro no significa no tener miedo, dudar poco o afrontar cualquier situación con confianza. La seguridad personal es más variable y contextual. Podemos sentirnos competentes en un ámbito y vulnerables en otro, y esa experiencia depende de habilidades, historia, relaciones, contexto, expectativas y estado emocional.
Desde el coaching, la psicología y enfoques experienciales como la Gestalt podemos explorar varios dominios que influyen en cómo afrontamos una situación: corporalidad, diálogo interno, emocionalidad, autoeficacia y conducta.
Corporalidad: cómo estamos presentes en la situación
Desde la mirada ontológica, la corporalidad forma parte del observador. Postura, respiración, tensión muscular y movimiento pueden ofrecer información sobre cómo estamos viviendo una situación.
Esto no significa que adoptar una postura erguida produzca automáticamente confianza ni que exista una posición corporal “correcta”. Sí puede ser útil observar qué disposición corporal acompaña a determinadas emociones y experimentar con cambios pequeños: apoyar bien los pies, aflojar tensión innecesaria o respirar de forma más lenta y cómoda antes de una conversación difícil.
El objetivo no es fingir seguridad, sino recuperar suficiente regulación para actuar con mayor deliberación.
Diálogo interno: distinguir juicios de hechos
La inseguridad suele acompañarse de frases como «voy a hacerlo mal», «los demás se darán cuenta de que no sé» o «no soy capaz». Algunas pueden ser predicciones plausibles; otras, juicios globales sobre la identidad.
En coaching podemos preguntar: ¿qué hechos sostienen este juicio?, ¿qué experiencias lo contradicen?, ¿qué competencia concreta falta?, ¿qué parte de la situación puedo preparar mejor?
No se trata de sustituir pensamientos negativos por positivos, sino de formular interpretaciones suficientemente realistas para orientar la acción.
Emocionalidad: no eliminar el miedo, sino aprender a actuar con él
Las emociones predisponen a ciertas acciones. El miedo puede favorecer prudencia o evitación; la confianza puede facilitar exploración; la vergüenza puede llevarnos a ocultarnos. Desde la ontología del lenguaje, la emocionalidad forma parte del modo desde el que observamos y actuamos.
Pero ninguna emoción contiene por sí sola una instrucción. Conviene preguntarse qué información aporta, qué conducta impulsa y si esa respuesta resulta adecuada en la situación actual.
Gestalt: darse cuenta de lo que ocurre aquí y ahora
La tradición gestáltica pone especial atención en la conciencia de la experiencia presente: sensaciones, emociones, necesidades, formas de contacto y modos habituales de relacionarnos. En este marco, aumentar la conciencia no significa descubrir una verdad oculta sobre uno mismo, sino notar con más precisión qué estamos haciendo y qué alternativas aparecen.
Esta mirada puede complementar un proceso de coaching cuando ayuda a observar patrones actuales, siempre sin confundir coaching con psicoterapia.
Autoeficacia: creer que podemos afrontar una tarea concreta
Albert Bandura desarrolló el concepto de autoeficacia: la creencia sobre la propia capacidad para organizar y ejecutar acciones necesarias en una situación específica. No es autoestima global ni optimismo general.
La autoeficacia suele fortalecerse mediante experiencias de dominio, observación de modelos, feedback y una interpretación más ajustada de la propia activación emocional.
Por eso, ante una situación que genera inseguridad, puede ser más útil diseñar desafíos graduales que repetir «confía en ti».
Asertividad y seguridad relacional
Parte de la inseguridad aparece en interacciones con otras personas. Aprender a expresar una necesidad, formular una petición, poner un límite o decir «no» puede aumentar nuestro margen de acción, aunque no garantice una respuesta favorable del otro.
Desde una mirada ontológica, peticiones, ofertas, promesas y declaraciones son actos lingüísticos que organizan relaciones y compromisos. Practicarlos con claridad puede mejorar la coordinación con los demás y reducir parte de la incertidumbre interpersonal.
Una práctica para una situación concreta
- Define la situación. ¿Dónde aparece la inseguridad?
- Describe los hechos. ¿Qué está ocurriendo realmente?
- Identifica el juicio. ¿Qué te dices sobre ti o sobre lo que va a ocurrir?
- Observa emoción y cuerpo. ¿Qué notas y qué conducta tiende a aparecer?
- Detecta la brecha de competencia. ¿Qué necesitas preparar, aprender o practicar?
- Diseña una acción gradual. ¿Cuál sería un reto suficiente para aprender sin exponerte innecesariamente?
- Revisa el resultado. ¿Qué nueva información obtuviste?
Seguridad no es ausencia de vulnerabilidad
Sentirse vulnerable no siempre indica un problema. Hay conversaciones, decisiones y cambios que importan precisamente porque implican incertidumbre y riesgo.
La meta no tiene que ser sentirnos seguros antes de actuar. Puede ser desarrollar suficiente capacidad para actuar de forma competente y coherente aunque todavía exista cierta inseguridad.
Si la inseguridad está asociada a ansiedad intensa, trauma, depresión, relaciones abusivas o un deterioro importante del funcionamiento, conviene valorar un encuadre psicológico o sanitario adecuado.
Una pregunta para cerrar: ¿qué necesitas aprender o practicar para depender un poco menos de sentirte seguro antes de actuar?
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