La incomodidad no es tu enemiga: es tu entrenador personal

La incomodidad forma parte de muchos procesos de cambio. Una conversación difícil, empezar algo que no dominamos, tomar una decisión importante o abandonar un hábito conocido puede generar tensión, incertidumbre o miedo.

Pero conviene evitar dos extremos: interpretar cualquier malestar como una señal de que debemos retirarnos o asumir que todo sufrimiento nos hace crecer. No toda incomodidad es útil y no toda dificultad contiene una enseñanza. La pregunta relevante es qué nos está indicando y cómo queremos responder.

Incomodidad no significa necesariamente peligro

Cuando hacemos algo nuevo es normal experimentar cierta activación. Podemos sentir inseguridad antes de hablar en público, pedir algo importante, poner un límite o afrontar una tarea que hemos pospuesto.

En esos casos, evitar sistemáticamente el malestar puede reducir nuestras oportunidades de aprendizaje. Acercarnos gradualmente a situaciones exigentes, con recursos suficientes y objetivos realistas, puede ayudarnos a desarrollar habilidades y confianza basada en la experiencia.

Pero tampoco hay que romantizar el sufrimiento

Hay incomodidades que indican sobrecarga, agotamiento, daño, relaciones poco saludables o condiciones que necesitan cambiar. Aguantar más no siempre es fortaleza.

Por eso resulta útil distinguir entre malestar asociado al aprendizaje y malestar que señala que estamos sobrepasando nuestros recursos o permaneciendo en una situación perjudicial.

Algunas preguntas pueden ayudar:

  • ¿Qué situación concreta está generando esta incomodidad?
  • ¿Estoy evitando algo importante únicamente porque me produce miedo o incertidumbre?
  • ¿Tengo recursos suficientes para afrontarlo ahora?
  • ¿Necesito avanzar, reducir la exigencia, pedir apoyo o detenerme?
  • ¿Qué información obtendría si probara un paso pequeño y revisable?

Aprender requiere un nivel de desafío asumible

El cambio suele ser más sostenible cuando el reto es suficientemente significativo para producir aprendizaje, pero no tan intenso que nos desborde. No necesitamos convertir cada dificultad en una prueba de carácter.

Podemos diseñar experimentos pequeños: mantener una conversación pendiente, probar una conducta diferente durante una semana, pedir feedback o acercarnos gradualmente a una situación que evitamos. Después observamos qué ocurre y ajustamos.

Escuchar el malestar sin obedecerlo automáticamente

Las emociones aportan información, pero no son instrucciones infalibles. El miedo no siempre significa «no lo hagas»; el cansancio no siempre significa «abandona»; y sentirse incómodo tampoco demuestra que estemos creciendo.

Una respuesta más útil consiste en reconocer lo que sentimos, analizar el contexto y decidir de acuerdo con nuestros valores, objetivos, recursos y límites.

Qué puede trabajarse en coaching

En un proceso de coaching podemos explorar qué estás evitando, qué interpretaciones aparecen ante una situación difícil, qué recursos tienes y cuál sería un siguiente paso razonable. El objetivo no es aprender a soportarlo todo, sino aumentar tu capacidad para elegir cómo responder.

Si estás atravesando un cambio, una decisión o un bloqueo, puedes consultar mis sesiones de coaching online o solicitar una primera conversación de valoración.


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