Hay frases que no se entienden del todo cuando se leen, pero se quedan. No pinchan, no hacen ruido, y aun así permanecen. Todo el mundo tiene una parte de lo incognoscible es una de ellas. Una frase discreta, casi silenciosa, que al poco tiempo empieza a decir mucho más de lo que parecía al principio.
En coaching, esa frase funciona casi como una advertencia ética. Por mucho que conozcamos nuestra historia, nuestros patrones, nuestros miedos recurrentes o nuestras decisiones repetidas, siempre queda una zona que no se deja iluminar del todo. Una parte que no responde bien a las preguntas lógicas. Y no pasa nada. De hecho, quizá ahí empieza el verdadero trabajo.
Vivimos rodeados de discursos que prometen claridad total. “Conócete al cien por cien”, “descubre tu propósito”, “elimina tus bloqueos”. Suena bien. Reconforta. Da sensación de control. Pero la experiencia humana no funciona así. Hay decisiones que tomamos sin saber explicar del todo por qué. Emociones que aparecen sin aviso. Reacciones que nos sorprenden incluso a nosotros mismos. ¿Error del sistema? No. Condición humana.
En sesión de coaching, muchas personas llegan con una expectativa clara: entenderse para poder cambiar. Y es legítimo. El problema aparece cuando confunden entender con dominar. Cuando creen que, si algo no se puede explicar con palabras, entonces está mal o hay que corregirlo. Ahí el proceso se tensa. El cuerpo se cierra. La conversación se vuelve defensiva.
Aceptar lo incognoscible no significa resignarse ni rendirse. Significa soltar la fantasía de control absoluto. Significa dejar de exigirnos una coherencia perfecta. Significa permitirnos no saber… todavía. O quizá nunca. Y aun así, seguir caminando.
Pensemos en un ejemplo sencillo. Una persona quiere cambiar de trabajo. Tiene argumentos sólidos para hacerlo. El contexto es favorable. Ha hecho listas de pros y contras. Y aun así, algo dentro se resiste. No es miedo identificable. No es falta de capacidad. Es “algo”. En lugar de forzar la decisión o de juzgarse por esa resistencia, el coaching puede abrir otra puerta: ¿qué pasaría si esa parte no tuviera que explicarse ahora? ¿Y si bastara con escucharla sin interrogarla?
Muchas veces, cuando dejamos espacio a lo que no entendemos, aparece un movimiento nuevo. Más honesto. Más ajustado. Menos épico, quizá, pero más real. El cambio ya no nace de la presión, sino del contacto.
Trabajar con la parte incognoscible implica cambiar la forma de preguntar. No tanto “¿por qué me pasa esto?” como “¿qué pide ahora atención?”. No tanto “¿cómo lo elimino?” como “¿qué lugar ocupa en mi vida?”. Son preguntas menos espectaculares, pero más habitables.
También implica una renuncia importante: la del coach que cree que debe entenderlo todo del otro. Acompañar no es descifrar. Es sostener el proceso incluso cuando no hay respuestas claras. Incluso cuando el silencio dice más que cualquier insight brillante.
Paradójicamente, cuando una persona se permite no conocerse del todo, suele aparecer una sensación de alivio. Baja la autoexigencia. Se afloja el juicio interno. La identidad deja de ser una jaula bien ordenada y se convierte en un espacio más vivo, más flexible.
Quizá el desarrollo personal no vaya de iluminar cada rincón, sino de aprender a convivir con ciertas sombras sin miedo. De confiar en que no todo tiene que ser explicado para ser vivido con sentido.
Y tú, ¿qué parte de ti sigues intentando entender a la fuerza? ¿Qué pasaría si, por una vez, no hicieras nada con ella… salvo escucharla?
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