Escucha ontológica: interpretar menos deprisa para comprender mejor

Escuchar parece una actividad pasiva: una persona habla y otra recibe lo que se dice. Sin embargo, nunca escuchamos desde un lugar neutro. Mientras el otro habla, interpretamos, anticipamos, comparamos, recordamos y damos significado a sus palabras.

La ontología del lenguaje formula esta idea de manera especialmente útil: escuchar implica oír e interpretar. No recibimos simplemente un mensaje; construimos una comprensión desde el observador que somos.

Esta perspectiva no invalida las técnicas de escucha activa. Añade una pregunta previa: ¿qué estoy poniendo yo en aquello que creo haber escuchado?

Escuchar no es recibir una copia exacta del mensaje

Dos personas pueden escuchar la misma frase y construir significados distintos.

«Necesitamos hablar» puede ser interpretado como una invitación, una amenaza, una señal de preocupación o el inicio de un conflicto.

«Este informe necesita cambios» puede escucharse como información sobre una tarea o como una evaluación personal de incompetencia.

«Hoy prefiero estar solo» puede entenderse como una necesidad de descanso o como rechazo.

Las palabras importan, pero no llegan solas. Las escuchamos desde nuestra historia, nuestras expectativas, la relación, el estado emocional y el contexto.

Por eso una competencia fundamental consiste en distinguir entre lo que la otra persona dijo y lo que nosotros interpretamos que quiso decir.

La escucha ontológica y la escucha activa no son lo mismo

La escucha activa suele centrarse en conductas que facilitan comprensión: prestar atención, preguntar, resumir, reflejar de forma tentativa y comprobar lo entendido.

La escucha ontológica pone el foco en otra cuestión: el carácter interpretativo de toda escucha.

No se trata de elegir una frente a otra. Pueden complementarse.

Las técnicas de escucha activa nos ayudan a comprobar mejor. La mirada ontológica nos recuerda por qué necesitamos comprobar: porque nuestra primera interpretación puede no coincidir con la experiencia ni con la intención del otro.

Suspender la certeza

Una expresión que me resulta útil es «suspender temporalmente la certeza».

No significa renunciar a nuestro criterio ni pensar que todas las interpretaciones son igualmente válidas. Significa conceder a la conversación unos minutos antes de concluir que ya sabemos qué está ocurriendo.

Cuando alguien dice algo que nos molesta, la reacción puede ser inmediata:

  • «me está atacando»;
  • «no me respeta»;
  • «otra vez quiere salirse con la suya»;
  • «esto demuestra que nunca cambia».

Tal vez alguna interpretación sea correcta. El problema aparece cuando reaccionamos a ella antes de comprobarla.

Suspender la certeza permite preguntar:

  • «cuando dices eso, ¿a qué te refieres exactamente?»;
  • «¿qué necesitas de mí en esta conversación?»;
  • «¿estás haciendo una petición o simplemente quieres explicarme lo que te ocurre?»;
  • «he entendido esto; ¿es correcto?».

La pregunta no elimina el desacuerdo. Reduce la probabilidad de discutir contra una interpretación que el otro nunca formuló.

Escuchamos también nuestra conversación interna

Mientras otra persona habla, en nosotros continúa otra conversación.

«Ya sé por dónde va».

«Esto no tiene sentido».

«Tengo que defenderme».

«Voy a darle una solución».

«No quiero que se enfade».

No necesitamos vaciar la mente para escuchar. Eso sería una exigencia poco realista. Sí podemos aprender a reconocer esa conversación interna y evitar que se convierta automáticamente en respuesta.

La escucha mejora cuando podemos observar simultáneamente dos cosas: lo que el otro está diciendo y lo que nosotros estamos construyendo acerca de ello.

Escuchar hechos, juicios y peticiones

Las distinciones de la ontología del lenguaje ayudan a escuchar con mayor precisión.

«No respondiste mi mensaje ayer» puede formularse como una afirmación contrastable.

«Nunca te importo» es un juicio.

«Quiero que me avises si vas a tardar» es una petición.

En una conversación real estas capas aparecen mezcladas. Si no las distinguimos, podemos responder a una petición como si fuera una acusación o tratar un juicio como un hecho definitivo.

Preguntar qué se está diciendo exactamente permite ordenar la conversación.

No siempre necesitamos utilizar el vocabulario técnico. Basta con diferenciar:

  • ¿qué ocurrió?
  • ¿qué interpretación está haciendo la persona?
  • ¿qué siente o necesita?
  • ¿qué me está pidiendo, si es que me pide algo?

La escucha también está condicionada por la emoción

No escuchamos igual desde la curiosidad que desde la irritación.

Cuando estamos muy activados, nuestra atención puede estrecharse y buscar especialmente señales coherentes con amenaza, crítica o rechazo. En una discusión intensa podemos recordar con precisión la frase que confirma nuestra posición y apenas registrar la explicación que la matiza.

Esto no significa que una emoción invalide nuestra interpretación. Significa que forma parte del observador desde el que escuchamos.

A veces la mejor competencia conversacional no consiste en encontrar la frase perfecta, sino en reconocer: «ahora mismo estoy demasiado activado para escucharte bien; necesito diez minutos y seguimos».

Pedir una pausa también puede ser una forma de cuidar la conversación.

Escuchar no significa estar de acuerdo

Una confusión frecuente identifica comprensión con aprobación.

Podemos entender cómo ha construido el otro su posición y seguir considerando que está equivocado. Podemos reconocer su emoción y mantener nuestro límite. Podemos comprobar una interpretación sin aceptar una petición.

La escucha no elimina el conflicto ni la diferencia de intereses.

Su función es mejorar la calidad de la información con la que después decidiremos, negociaremos o pondremos un límite.

Esto resulta especialmente importante cuando existe poder desigual. Escuchar no obliga a una persona a mantenerse indefinidamente en una conversación insegura, coercitiva o abusiva.

El poder y la escucha

No todas las personas tienen la misma capacidad para ser escuchadas.

En un equipo, una persona con autoridad formal puede definir qué temas entran en una reunión, quién dispone de tiempo para explicarse o qué interpretación termina considerándose «la versión oficial».

También existen culturas donde discrepar tiene costes. En esos contextos, pedir «más escucha» a quienes tienen menos poder resulta insuficiente. La organización debe crear condiciones para que determinadas voces puedan aparecer sin represalias.

Por eso la escucha no es solo una habilidad individual. También es una propiedad de las relaciones y de los sistemas conversacionales.

Esta idea conecta con una mirada más amplia de las organizaciones como sistemas de conversaciones: no basta con enseñar a escuchar a individuos si la estructura, la cultura o las relaciones de poder impiden que determinadas voces puedan ser escuchadas.

Una práctica de escucha ontológica

En una conversación relevante, prueba esta secuencia:

  1. Escucha la frase exacta. Evita resumir demasiado pronto lo que crees que significa.
  2. Observa tu interpretación automática. ¿Qué historia apareció inmediatamente?
  3. Distingue hechos, juicios y peticiones. ¿Qué parte puede contrastarse y qué parte es interpretación?
  4. Comprueba. Formula una pregunta breve: «¿he entendido bien que…?».
  5. Pregunta por la necesidad de la conversación. ¿La persona quiere ser escuchada, tomar una decisión, pedir algo o negociar?
  6. Expresa después tu posición. Comprender primero no te obliga a ceder.

La escucha en coaching

En coaching, escuchar no consiste únicamente en recoger información para formular la siguiente pregunta.

El coach también tiene interpretaciones, hipótesis y expectativas. Una escucha rigurosa exige tratarlas como provisionales.

Si pienso que una persona «tiene miedo al cambio», esa formulación puede orientar mi atención y hacerme perder otras posibilidades: quizá le falta información, está protegiendo un compromiso legítimo, no desea realmente ese cambio o simplemente considera que el riesgo es demasiado alto.

La escucha profesional necesita curiosidad suficiente para no enamorarse de la primera explicación.

Por eso considero especialmente importante preguntar, contrastar y devolver interpretaciones como hipótesis, no como diagnósticos sobre quién es la persona.

Escuchar es dejar espacio para que aparezca algo que todavía no sabemos

Una conversación pierde gran parte de su potencial cuando entramos en ella únicamente para confirmar lo que ya pensábamos.

La escucha ontológica me interesa porque recuerda una idea incómoda y fértil: escuchar bien exige aceptar la posibilidad de que nuestra interpretación cambie.

No siempre cambiará. A veces escucharemos con atención y mantendremos exactamente la misma posición.

Pero habremos hecho algo importante: distinguir nuestra primera lectura de aquello que realmente conseguimos comprender del otro.

Y esa diferencia puede cambiar por completo la conversación.

Si quieres ampliar esta mirada desde habilidades más generales de comunicación, puedes consultar competencia relacional: habilidades para construir mejores relaciones. Y si necesitas trabajar una conversación, conflicto o decisión concreta, puedes conocer cómo trabajo en coaching personal y profesional o solicitar una primera conversación de valoración.


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1 comentario en «Escucha ontológica: interpretar menos deprisa para comprender mejor»

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