Conjurar esperanza: actuar cuando no tenemos garantías

Hay momentos en los que no necesitamos que alguien nos asegure que todo saldrá bien. Necesitamos algo más modesto y, a veces, más importante: volver a percibir que todavía existe algún camino posible.

A eso me gusta llamarlo conjurar esperanza.

La expresión tiene algo deliberadamente poético. No significa producir esperanza mediante pensamiento positivo ni negar una realidad difícil. Significa crear condiciones para que una situación que parecía completamente cerrada pueda volver a observarse con alguna posibilidad de acción.

A veces esas condiciones aparecen al conversar. Otras, al obtener información, pedir ayuda, revisar un juicio, aceptar una pérdida o descubrir que la vía que imaginábamos no era la única.

Esperanza no es asegurar un buen final

Podemos tener esperanza y reconocer al mismo tiempo que algo puede salir mal.

Podemos esperar encontrar otro trabajo sin saber cuándo llegará. Confiar en reconstruir una vida después de una separación sin afirmar que será fácil. Iniciar un proyecto sabiendo que puede fracasar. Afrontar una enfermedad esperando conservar calidad de vida sin negar la incertidumbre.

La esperanza que me interesa no necesita garantías.

Se parece más a esta frase:

«No sé cómo terminará, pero todavía puedo explorar qué caminos siguen abiertos».

Esto la diferencia de un optimismo obligatorio. En optimismo realista desarrollo precisamente por qué una expectativa favorable necesita convivir con datos, riesgos y alternativas.

Cuando el futuro se estrecha

En determinados estados emocionales el futuro parece reducirse.

Desde la resignación podemos concluir que nada cambiará. Desde el miedo, que cualquier movimiento es demasiado peligroso. Desde el agotamiento, que no tenemos energía para intentar nada más.

Esas experiencias no son necesariamente errores de pensamiento. A veces describen una situación muy difícil. Una persona puede disponer realmente de pocas opciones, recursos escasos o condiciones que no controla.

Pero incluso entonces conviene distinguir entre dos afirmaciones:

«Mis opciones son limitadas»

y

«No existe ninguna acción posible».

No son lo mismo.

La primera reconoce límites. La segunda puede cerrar también posibilidades que todavía no hemos explorado.

Desde una mirada ontológica, esta diferencia resulta especialmente relevante porque el observador desde el que miramos una situación participa en las acciones que conseguimos distinguir.

Conjurar esperanza no es convencer

Cuando alguien atraviesa un momento difícil, decir «tienes que tener esperanza» puede resultar tan inútil como decir «anímate».

La esperanza no suele aparecer porque otra persona la ordene.

Podemos, sin embargo, crear conversaciones donde sea posible recuperar agencia.

Por ejemplo:

  • separar qué ha ocurrido de lo que anticipamos que ocurrirá;
  • recordar recursos que en ese momento no estamos viendo;
  • buscar información que reduzca una incertidumbre concreta;
  • distinguir qué depende de nosotros y qué no;
  • identificar personas que pueden ofrecer ayuda;
  • redefinir una meta cuando una vía se ha cerrado;
  • elegir una acción suficientemente pequeña para volver a obtener información.

Ninguna de estas acciones garantiza que aparezca esperanza. Pero pueden ampliar el espacio en el que algo diferente sea pensable.

La valentía cotidiana

La palabra heroísmo puede resultar excesiva cuando hablamos de la vida normal. Sin embargo, utilizada como metáfora, conserva algo valioso.

No todos los actos valientes son extraordinarios.

Puede haber valentía en reconocer «no sé». En pedir ayuda después de años intentando resolverlo todo solo. En decir que no. En abandonar una identidad profesional que ya no representa quién quieres ser. En mantener una conversación que llevas meses evitando. En aceptar que una relación terminó. En volver a empezar sin convertir ese comienzo en una épica.

El heroísmo cotidiano no consiste en soportarlo todo.

A veces el acto valiente es parar.

O admitir que no puedes.

O buscar protección.

O renunciar a una meta cuyo coste se ha vuelto desproporcionado.

Valentía no es temeridad

Actuar a pesar del miedo no convierte cualquier riesgo en recomendable.

Una decisión puede requerir preparación, asesoramiento, recursos o simplemente tiempo. La valentía no consiste en exponerse innecesariamente para demostrar fortaleza.

Por eso prefiero hablar de una acción valiente y proporcionada.

La pregunta no es «¿qué haría si no tuviera miedo?». Esa formulación puede llevarnos a imaginar una persona que no existe.

Me parece más fértil preguntar:

«Dado que tengo miedo, ¿qué acción sigue siendo coherente con lo que quiero cuidar?»

En la guía sobre cómo afrontar el miedo ante una decisión importante desarrollo esta cuestión desde una perspectiva más práctica: riesgo, prudencia, evitación y pasos reversibles.

El observador y las posibilidades

Una idea central del coaching ontológico es que no actuamos únicamente en función de lo que ocurre, sino también desde cómo lo interpretamos.

Si una persona concluye «ya no tengo futuro profesional», probablemente explorará menos que si puede reformular la situación como «mi trayectoria anterior ya no me ofrece una salida clara y necesito construir alternativas».

La segunda frase no es pensamiento positivo. Puede seguir describiendo una situación dura.

Pero produce otro campo de preguntas:

¿Qué competencias siguen siendo transferibles? ¿Qué opciones nunca he investigado? ¿Quién conoce sectores que yo desconozco? ¿Qué necesito aprender? ¿Qué parte de mi identidad profesional estoy intentando preservar?

Cambiar de observador no elimina la realidad. Puede modificar la relación que mantenemos con ella.

Esperanza y aceptación pueden convivir

A veces creemos que aceptar una pérdida significa renunciar a la esperanza.

Puede ocurrir lo contrario.

Mientras toda nuestra energía está dedicada a recuperar exactamente lo que ya no existe, el futuro queda atado al pasado. Aceptar que una vía terminó puede permitir que aparezcan otras formas de continuar.

No hay que romantizar ese proceso. Algunas pérdidas dejan un dolor que no se transforma en aprendizaje ni necesita hacerlo.

La esperanza puede ser mucho más humilde: construir una vida suficientemente habitable alrededor de algo que no habríamos elegido.

Tres preguntas para conjurar esperanza

Cuando una situación parezca cerrada, prueba a responder sin obligarte a sentir nada diferente:

  1. ¿Qué estoy intentando proteger o cuidar? Una relación, estabilidad, dignidad, salud, autonomía, pertenencia, sentido.
  2. ¿Qué parte está realmente fuera de mi alcance y qué margen de influencia conserva todavía?
  3. ¿Qué acción pequeña produciría información nueva o aumentaría ligeramente mis opciones?

Tal vez la respuesta sea hacer una llamada, preguntar, descansar, buscar asesoramiento, preparar una conversación o aceptar que hoy no puedes resolverlo.

Cuando pedir esperanza resulta inapropiado

Hay momentos en los que una persona necesita atención, protección o tratamiento, no una metáfora inspiradora.

La desesperanza intensa, la depresión, el trauma, las ideas de hacerse daño o un deterioro importante requieren una valoración psicológica o sanitaria adecuada. El coaching no debe convertir el sufrimiento en una exigencia de crecimiento ni pedir fortaleza cuando lo necesario es recibir ayuda.

También existen problemas estructurales que no se resuelven mediante una actitud más esperanzada.

Conjurar esperanza no significa individualizar aquello que necesita una respuesta colectiva, jurídica, social o sanitaria.

Una esperanza suficientemente adulta

Quizá la esperanza madura no consista en creer que el futuro nos devolverá exactamente lo que deseamos.

Puede consistir en mantener abierta la posibilidad de que todavía podamos responder, aprender, pedir, elegir o construir algo valioso dentro de unas circunstancias que no controlamos completamente.

Y quizá la valentía tampoco sea sentirse invulnerable.

Puede ser algo mucho menos espectacular:

seguir participando en nuestra vida cuando todavía no sabemos cómo terminará la historia.

Si estás atravesando una decisión o transición en la que no tienes garantías pero necesitas recuperar margen de acción, puedes conocer cómo trabajo en coaching personal y profesional o solicitar una primera conversación de valoración.


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