El giro de la mirada: observar al observador en el coaching ontológico

En 2022 Rafael Echeverría publicó El giro de la mirada: Superando nuestra obsolescencia ontológica. El título contiene ya una provocación: quizá algunos de los problemas que afrontamos no se deban únicamente a que nos falten soluciones, sino también a que seguimos observándolos desde categorías que han dejado de ser suficientes.

La tesis pertenece al terreno filosófico. No es una teoría psicológica ni un modelo clínico. Precisamente por eso me interesa: obliga a detenernos antes de buscar una técnica y preguntar desde qué concepción de la realidad y del ser humano estamos formulando el problema.

Ese movimiento —de mirar solamente el mundo a mirar también al observador— está en el corazón de la ontología del lenguaje y del coaching ontológico.

Qué significa «girar la mirada»

Cuando algo no funciona solemos dirigir la atención hacia fuera: qué ocurrió, quién intervino, qué recursos faltan, qué decisión debemos tomar. Todo eso puede ser necesario.

El giro ontológico añade otra pregunta: ¿qué forma de observar hace que yo vea esta situación de esta manera?

No significa que el mundo exterior sea una construcción arbitraria de nuestra mente. Un despido, una enfermedad, un límite económico o una conducta de otra persona no desaparecen porque los interpretemos de otro modo.

La propuesta es más sutil: nunca llegamos a esos hechos sin categorías, lenguaje, historia, expectativas y distinciones previas. Observamos desde algún lugar.

Por eso dos personas pueden encontrarse ante un mismo acontecimiento y reconocer posibilidades diferentes. Y la misma persona puede mirar una situación de otra manera después de aprender una distinción nueva.

Esta idea aparece desarrollada también en El observador en coaching: hechos, interpretaciones y posibilidades.

La obsolescencia ontológica: cuando nuestro marco deja de ayudarnos

Echeverría utiliza la expresión obsolescencia ontológica para referirse a una dificultad más profunda que la falta de información: determinados supuestos del sentido común con los que interpretamos la realidad pueden resultar insuficientes frente a los desafíos actuales.

El libro extiende esta reflexión a grandes problemas de convivencia, relaciones, sentido y relación con el entorno. La escala es deliberadamente filosófica y social, no únicamente individual.

Esa amplitud es importante porque evita una versión empobrecida del coaching en la que todo problema termina reducido a «cambia tu actitud».

Si el marco desde el que una organización entiende el trabajo es pobre, no basta con pedir a las personas que sean más resilientes. Si una relación está construida sobre una fuerte desigualdad de poder, no todo se resuelve mediante comunicación. Si una trayectoria profesional ha quedado afectada por una transformación tecnológica, revisar creencias puede ser útil, pero también hará falta aprendizaje, información y oportunidades reales.

El giro de la mirada no sustituye el análisis del sistema. Puede incluirlo.

De «qué me pasa» a «cómo estoy observando lo que me pasa»

Esta distinción tiene una aplicación directa en coaching.

Imagina a alguien que dice:

«No tengo salida profesional».

Podríamos buscar inmediatamente ofertas, cursos o alternativas. Pero también podemos explorar qué contiene esa afirmación.

¿Es una descripción contrastada del mercado? ¿Un juicio sobre sus competencias? ¿Una conclusión nacida de varios rechazos? ¿Una comparación con una trayectoria anterior? ¿Está definiendo «salida profesional» de una única manera?

La pregunta por el observador no invalida la dificultad. La descompone.

Tal vez haya restricciones reales y, al mismo tiempo, una forma de mirar que está dejando fuera posibilidades. Solo podremos distinguir ambas cosas si evitamos convertir la interpretación inicial en una verdad definitiva.

No vemos simplemente: distinguimos

Una de las ideas más fértiles de la ontología del lenguaje es que aprender una nueva distinción modifica lo que podemos observar.

Antes de conocer la diferencia entre una afirmación y un juicio, una persona puede tratar «soy incompetente» como si describiera un hecho. Cuando aprende a distinguirlos, aparece otra conversación: ¿en qué situaciones?, ¿según qué criterio?, ¿qué evidencia lo respalda?, ¿qué competencia concreta falta?

Algo similar ocurre cuando distinguimos petición, promesa, expectativa, límite, resentimiento, resignación o quiebre.

La realidad no cambia automáticamente porque añadamos una palabra. Cambia nuestra capacidad de describirla y, en ocasiones, el repertorio de acciones que podemos diseñar.

Esta es una de las razones por las que el lenguaje ocupa un lugar central en el coaching ontológico.

La mirada también construye identidad

No solo interpretamos acontecimientos. También construimos relatos acerca de quiénes somos.

«Siempre he sido tímido».

«Yo no sirvo para dirigir».

«A mi edad ya no puedo empezar otra cosa».

«Soy una persona que necesita tenerlo todo bajo control».

Estas frases pueden contener experiencias reales y patrones duraderos. El problema aparece cuando una descripción de nuestra historia se transforma en una frontera ontológica: de «esto me ha ocurrido muchas veces» pasamos a «esto es lo que soy».

Girar la mirada significa entonces observar también al narrador. ¿Qué historia estoy sosteniendo sobre mí? ¿Qué experiencias deja dentro y cuáles excluye? ¿Qué acciones se vuelven coherentes con esa identidad y cuáles parecen imposibles?

No se trata de sustituir un relato negativo por otro grandioso. Se trata de recuperar una identidad suficientemente abierta para seguir aprendiendo.

Filosofía aplicada, pero no filosofía convertida en receta

Uno de los valores de Echeverría es haber llevado preguntas de tradición filosófica —sobre ser, devenir, lenguaje, interpretación y acción— al terreno de la vida cotidiana y de las organizaciones.

Pero esa traducción tiene un riesgo: convertir una reflexión filosófica en una explicación total de la persona.

Que observemos desde interpretaciones no significa que cualquier problema sea interpretativo. Que el lenguaje participe en nuestra experiencia no significa que las palabras produzcan por sí solas cualquier realidad. Que podamos transformarnos no significa que seamos ilimitados.

El marco ontológico resulta más útil cuando conserva humildad: ofrece distinciones para mirar y conversar, no leyes universales sobre cómo funciona la mente.

Mirar al observador no significa culpabilizarlo

Hay una diferencia ética decisiva entre preguntar por nuestra capacidad de acción y afirmar que hemos creado todo lo que nos ocurre.

Una persona puede sufrir una injusticia, una enfermedad, una pérdida o una discriminación que no ha elegido ni construido. Revisar cómo interpreta la situación puede ayudarle a decidir qué hacer, pero nunca convierte la causa externa en responsabilidad individual.

El giro de la mirada debería ampliar agencia, no producir culpa.

Una buena pregunta de coaching puede ser:

«Dado que esto ha ocurrido y no depende completamente de ti, ¿qué necesitas observar ahora para decidir cómo responder?»

El observador también pertenece a un sistema

Otro punto que me parece especialmente importante es abandonar la imagen de un individuo aislado.

Aprendemos a mirar dentro de familias, organizaciones, culturas y épocas. Algunas categorías que utilizamos para juzgar éxito, fracaso, productividad, masculinidad, envejecimiento o carrera profesional no nacieron únicamente de nuestra experiencia personal.

Girar la mirada puede significar preguntarnos de dónde procede un criterio que tratábamos como evidente.

¿Por qué considero que cambiar de carrera a los cincuenta años es «empezar de cero»? ¿Por qué entiendo descansar como improductividad? ¿Por qué una organización interpreta discrepar como falta de compromiso? ¿Qué modelo de éxito estamos utilizando?

La transformación del observador puede ser personal, pero nunca ocurre fuera de una historia y un contexto.

Cinco preguntas inspiradas en este giro

Ante una situación que llevas tiempo intentando resolver, prueba a detener la búsqueda inmediata de soluciones y responde:

  1. ¿Qué estoy dando por supuesto? ¿Qué parece tan obvio que ni siquiera lo estoy cuestionando?
  2. ¿Qué distinciones estoy utilizando? ¿Cómo estoy nombrando el problema y qué otras formas de describirlo existen?
  3. ¿Qué dice esta interpretación sobre mí? ¿He convertido una experiencia o un juicio en identidad?
  4. ¿Qué no puedo ver desde aquí? ¿Qué diría alguien con otra experiencia, función o perspectiva?
  5. ¿Qué acción nueva se vuelve imaginable si cambia una de esas distinciones?

La finalidad no es encontrar «la mirada correcta». Es aumentar flexibilidad para examinar la propia perspectiva.

Por qué sigo encontrando útil esta propuesta

El coaching puede degradarse fácilmente en una colección de técnicas: objetivos, hábitos, preguntas, planes de acción. Todas ellas pueden ser útiles, pero a veces el verdadero bloqueo está antes.

Estamos intentando producir una solución nueva desde la misma interpretación que sostiene el problema.

En esos momentos la filosofía aporta algo que una lista de consejos no ofrece: nos obliga a cuestionar las categorías desde las que estamos pensando.

Eso es, para mí, lo más valioso de El giro de la mirada. No ofrece una receta para mirar mejor. Recuerda que el observador también puede convertirse en objeto de observación.

Y esa posibilidad abre una pregunta profundamente ligada al coaching:

si cambiara no solo lo que haces, sino la forma desde la que observas esta situación, ¿qué podría aparecer que hoy todavía no distingues?

Referencia: Rafael Echeverría, El giro de la mirada: Superando nuestra obsolescencia ontológica, 2022.


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