Durante años se popularizó una fórmula atribuida a trabajos de Sonja Lyubomirsky, Kennon Sheldon y David Schkade: aproximadamente un 50 % de las diferencias en felicidad se relacionaría con factores genéticos, un 10 % con las circunstancias y un 40 % con actividades intencionales.
La fórmula 50-10-40 tuvo una gran capacidad divulgativa, pero no conviene interpretarla como una distribución fija de las causas de la felicidad de una persona. Esos porcentajes procedían de una propuesta teórica basada en estimaciones disponibles en aquel momento y simplificaban relaciones mucho más complejas entre predisposición, contexto y conducta.
¿Qué podemos conservar de aquella propuesta?
Una idea sigue siendo útil: nuestro bienestar no depende de una única variable. Intervienen características personales, relaciones, salud, recursos económicos, condiciones sociales, acontecimientos vitales, hábitos, actividades y la manera en que respondemos a determinadas circunstancias.
También tiene sentido reconocer que algunas acciones intencionales pueden contribuir al bienestar. La actividad física, las relaciones significativas, determinados ejercicios de gratitud, la participación en actividades con sentido o trabajar hacia metas personalmente relevantes pueden ser útiles para algunas personas y en determinadas condiciones.
Las circunstancias importan más de lo que sugiere un «10 %»
Reducir las circunstancias al 10 % puede conducir a una conclusión problemática: que casi todo nuestro bienestar depende de lo que hagamos individualmente. No es así.
Ingresos insuficientes, desempleo, enfermedad, discriminación, inseguridad, violencia, aislamiento social, responsabilidades de cuidado o condiciones laborales adversas pueden afectar de manera importante al bienestar. Además, las personas no disponemos del mismo margen para modificar esas condiciones.
Actividad intencional sin culpabilización
Reconocer el peso del contexto no significa renunciar a nuestra capacidad de acción. Desde el coaching podemos preguntarnos qué parte de una situación podemos influir, qué recursos tenemos, qué conversaciones necesitamos mantener y qué pequeñas prácticas merece la pena probar.
La diferencia es importante: tener capacidad de acción no significa ser responsable de todas las condiciones que afectan a nuestro bienestar.
Una pregunta más útil que buscar porcentajes
En lugar de preguntarnos qué porcentaje de nuestra felicidad depende de nosotros, podemos observar una situación concreta y distinguir:
- ¿qué condiciones no puedo cambiar ahora?
- ¿sobre cuáles puedo influir parcialmente?
- ¿qué decisiones o prácticas sí dependen razonablemente de mí?
- ¿qué apoyo necesito?
- ¿qué expectativa sobre «ser feliz» quizá necesito revisar?
La propuesta 50-10-40 forma parte de la historia de la psicología positiva y merece ser conocida en su contexto. Hoy resulta más prudente utilizarla como punto de partida para una conversación, no como una fórmula que explique cuánto de nuestra felicidad está predeterminado y cuánto depende de nuestra voluntad.
Si quieres ampliar esta perspectiva, puedes leer qué puede aportar el coaching al bienestar emocional y cuáles son sus límites y la guía sobre valores y rumbo vital, dos enfoques complementarios para trabajar bienestar sin reducirlo a pensamiento positivo.
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