¿Cuándo fue la última vez que te sorprendiste sonriendo sin motivo?
No a alguien, a ti. Por dentro. En silencio.
Esa sonrisa tímida, espontánea, que nace del cuerpo antes que de la mente.
En un mundo que muchas veces nos invita a la prisa, la exigencia y la preocupación, la alegría no es un regalo: es una práctica. Y como toda práctica, se cultiva. No siempre brota sola. Hay que regarla.
La alegría no es euforia. Es raíz.
Confundimos la alegría con estar siempre arriba, con energía, con un entusiasmo desbordante. Pero la alegría verdadera es mucho más honda:
- No depende de cómo van las cosas, sino de cómo las miras.
- No necesita grandes éxitos, sino pequeños momentos.
- No grita. A veces, ni se nota desde fuera.
Es ese murmullo cálido que te recuerda que, aun en medio del caos, tienes algo bueno que agradecer, que valorar, que cuidar.
¿Y si empezamos por la sonrisa?
Mucho antes de que la ciencia hablara de neuronas espejo o circuitos de retroalimentación emocional, los sabios ya lo intuían: el cuerpo influye en el alma.
Y una de las herramientas más sencillas y potentes que tenemos para generar bienestar es la sonrisa.
No se trata de forzarla. Se trata de invitarla.
Prueba esto:
- Cierra los ojos.
- Relaja el rostro.
- Dibuja una pequeña sonrisa… no en la boca, sino en tu interior.
- Lleva esa sonrisa al estómago. Al pecho. A tus manos.
- Quédate ahí unos segundos. Y respira.
Este gesto, aunque parezca tonto, tiene efecto fisiológico real:
- Activa el sistema parasimpático (el de la calma).
- Reduce niveles de cortisol.
- Libera endorfinas.
- Y poco a poco, te cambia el estado interno.
Es lo que hacen muchas tradiciones contemplativas.
No esperan a sentirse bien para sonreír. Sonríen para sentirse bien.
Como decía Thich Nhat Hanh: “A veces tu alegría es la fuente de tu sonrisa. Pero a veces tu sonrisa puede ser la fuente de tu alegría.” En el mismo sentido, la ontologia del lenguaje postula que “no solo actuamos de acuerdo a cómo somos, sino que también somos de acuerdo a cómo actuamos, la acción genera ser”.
Sonreír no es negar el dolor. Es abrir espacio a lo que sí funciona.
Hay momentos oscuros. Hay días en que la alegría parece un lujo ajeno.
Pero incluso ahí, se puede cultivar.
¿Cómo?
- Recuerda un instante en el que te sentiste feliz. Revívelo con todos los sentidos.
- Mira a alguien con ternura. Aunque sea desde el recuerdo.
- Celebra una pequeña victoria. Un “hoy me levanté”, un “hoy me escuché”.
- Escucha música que te eleve. No para huir, sino para regresar a ti.
- Rodéate de personas que te permitan ser tú sin disfrazarte.
Y sobre todo: cultiva la alegría en tu trato contigo.
- Habla con más amabilidad.
- Permítete fallar sin castigo.
- Agradece lo que sí lograste hoy.
- Y mírate con esa sonrisa interna… la que no espera aplausos.
La alegría no se busca, se cultiva.
No necesitas un motivo para sentir alegría.
Necesitas una práctica que te devuelva a ti.
Una forma de estar en el mundo menos rígida, más liviana.
Una decisión diaria: elegir la sonrisa como gesto de cuidado.
Así, poco a poco, la alegría no será una visita esporádica, sino una compañera de camino.
¿Quieres empezar hoy?
Ponte delante del espejo. Mírate. Respira. Sonríe. No porque todo esté bien. Sino porque tú decides estar mejor.
Descubre más desde Coaching Valencia - Ricard Guillem Psicólogo Coach
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