Hay días en los que siento que mi cabeza es un motor al que nadie ha enseñado dónde está el freno. Desde que abro los ojos por la mañana, los pensamientos empiezan a correr: lo que tengo que hacer, lo que no hice ayer, lo que quizá pase mañana. Y la lista no termina nunca.
A veces me descubro respirando rápido sin darme cuenta. Es como si mi cuerpo respondiera a esa carrera mental: hombros tensos, mandíbula apretada, el corazón como si hubiera subido cinco pisos corriendo. Y, sin embargo, sigo sentado en la misma silla, delante del mismo ordenador.
He aprendido que el estrés no llega de golpe. No es como una tormenta inesperada; es más bien una llovizna fina que empapa poco a poco. Una tarea que no sale, un mensaje pendiente de responder, un “tengo que poder con todo” que se cuela en silencio. Y de repente, un día, notas que tu mente va tan rápido que ni siquiera sabes qué estás pensando.
En esos momentos me digo algo que me ha ayudado: “demasiado empuje quema el motor”. Porque es verdad. Empujar siempre, no parar nunca, tiene un precio. Y no es solo el cansancio físico: es la sensación de vivir desconectado de uno mismo.
Por eso empecé a probar algo distinto. Parar unos segundos, aunque sea en medio del caos. Cerrar los ojos. Sentir la respiración, escuchar qué dice mi cuerpo, incluso si no me gusta lo que me está contando. Y no pasa nada si la mente sigue corriendo: al menos dejo de empujarla.
El estrés forma parte de la vida, pero no tiene por qué ser el piloto. Hay maneras de aprender a bajar revoluciones, de poner orden al ruido mental, de volver a sentir que tienes las riendas.
¿Te resuena lo que lees? ¿Te gustaría aprender a manejar tu estrés antes de que te pase factura? Escríbeme y vemos juntos cómo puedo acompañarte.
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