Abandonar el miedo a no ser amados

Reconstruye tu historia para una vida plena

Alejandro Jodorowsky nos invita a reflexionar con una frase potente: «Es necesario abandonar el miedo infantil de no ser amados.» Este temor, profundamente enraizado en nuestra infancia, puede continuar afectándonos en la adultez, limitando nuestro bienestar y nuestras relaciones. Pero, ¿qué tal si decidimos dejar atrás este miedo y reescribimos la historia de nuestra vida?

El miedo y su impacto en la vida adulta

Desde niños, buscamos el amor y la aceptación de quienes nos rodean. Si en nuestra infancia nos sentimos rechazados o condicionados, es probable que hayamos crecido con la creencia de que no somos lo suficientemente buenos para ser amados. Este miedo puede llevarnos, en la adultez, a relaciones dependientes, a la autocensura o al perfeccionismo.

Cambiando la narrativa: un enfoque para vivir mejor

La teoría dialéctica de la narrativa nos enseña que podemos revisar y cambiar las historias que nos contamos. Estas historias han definido nuestra vida hasta ahora, pero no tienen que seguir haciéndolo. ¿Qué pasaría si abandonáramos la vieja creencia de que no somos dignos de amor y adoptáramos una nueva narrativa que nos empodere?

Pasos para crear una nueva historia personal

1. Identifica tus creencias actuales: ¿Qué historias te has estado contando? ¿Son realmente ciertas? Es hora de cuestionar esas viejas creencias y abrir la puerta a nuevas posibilidades.

2. Reescribe tu historia: Imagina que puedes reescribir tu vida. ¿Qué cambiarías? ¿Cómo te verías a ti mismo en una nueva narrativa, una donde eres plenamente digno de amor y respeto?

3. Establece nuevos comportamientos: Decir «No» cuando algo no te beneficia y afirmarte en tus necesidades es parte de esta nueva historia. Se trata de construir una vida alineada con tu verdadero yo.

La ciencia detrás del cambio de narrativa

La psicología respalda la idea de que cambiar nuestra narrativa puede transformar nuestra vida. La terapia narrativa, por ejemplo, ayuda a las personas a reinterpretar sus experiencias, lo que les permite superar traumas y mejorar su bienestar. Estudios también muestran que quienes logran reinterpretar positivamente sus experiencias difíciles son más resilientes y disfrutan de mayor bienestar.

La investigación en neurociencia ha demostrado que el cerebro tiene la capacidad de reorganizarse y formar nuevas conexiones a lo largo de la vida. Al adoptar nuevas narrativas y tomar nuevas acciones, las personas pueden literalmente cambiar la estructura de su cerebro, lo que refuerza la idea de que es posible superar años de patrones negativos en menos tiempo de lo que tradicionalmente se pensaba.

Conclusión: vive con autenticidad y equilibrio

Abandonar el miedo de no ser amados es clave para vivir con mayor autenticidad y bienestar. Al cambiar nuestras narrativas, nos abrimos a nuevas oportunidades y relaciones que reflejan nuestro verdadero valor.

La parte de ti que no se puede conocer

Hay frases que no se entienden del todo cuando se leen, pero se quedan. No pinchan, no hacen ruido, y aun así permanecen. Todo el mundo tiene una parte de lo incognoscible es una de ellas. Una frase discreta, casi silenciosa, que al poco tiempo empieza a decir mucho más de lo que parecía al principio.

En coaching, esa frase funciona casi como una advertencia ética. Por mucho que conozcamos nuestra historia, nuestros patrones, nuestros miedos recurrentes o nuestras decisiones repetidas, siempre queda una zona que no se deja iluminar del todo. Una parte que no responde bien a las preguntas lógicas. Y no pasa nada. De hecho, quizá ahí empieza el verdadero trabajo.

Vivimos rodeados de discursos que prometen claridad total. “Conócete al cien por cien”, “descubre tu propósito”, “elimina tus bloqueos”. Suena bien. Reconforta. Da sensación de control. Pero la experiencia humana no funciona así. Hay decisiones que tomamos sin saber explicar del todo por qué. Emociones que aparecen sin aviso. Reacciones que nos sorprenden incluso a nosotros mismos. ¿Error del sistema? No. Condición humana.

En sesión de coaching, muchas personas llegan con una expectativa clara: entenderse para poder cambiar. Y es legítimo. El problema aparece cuando confunden entender con dominar. Cuando creen que, si algo no se puede explicar con palabras, entonces está mal o hay que corregirlo. Ahí el proceso se tensa. El cuerpo se cierra. La conversación se vuelve defensiva.

Aceptar lo incognoscible no significa resignarse ni rendirse. Significa soltar la fantasía de control absoluto. Significa dejar de exigirnos una coherencia perfecta. Significa permitirnos no saber… todavía. O quizá nunca. Y aun así, seguir caminando.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Una persona quiere cambiar de trabajo. Tiene argumentos sólidos para hacerlo. El contexto es favorable. Ha hecho listas de pros y contras. Y aun así, algo dentro se resiste. No es miedo identificable. No es falta de capacidad. Es “algo”. En lugar de forzar la decisión o de juzgarse por esa resistencia, el coaching puede abrir otra puerta: ¿qué pasaría si esa parte no tuviera que explicarse ahora? ¿Y si bastara con escucharla sin interrogarla?

Muchas veces, cuando dejamos espacio a lo que no entendemos, aparece un movimiento nuevo. Más honesto. Más ajustado. Menos épico, quizá, pero más real. El cambio ya no nace de la presión, sino del contacto.

Trabajar con la parte incognoscible implica cambiar la forma de preguntar. No tanto “¿por qué me pasa esto?” como “¿qué pide ahora atención?”. No tanto “¿cómo lo elimino?” como “¿qué lugar ocupa en mi vida?”. Son preguntas menos espectaculares, pero más habitables.

También implica una renuncia importante: la del coach que cree que debe entenderlo todo del otro. Acompañar no es descifrar. Es sostener el proceso incluso cuando no hay respuestas claras. Incluso cuando el silencio dice más que cualquier insight brillante.

Paradójicamente, cuando una persona se permite no conocerse del todo, suele aparecer una sensación de alivio. Baja la autoexigencia. Se afloja el juicio interno. La identidad deja de ser una jaula bien ordenada y se convierte en un espacio más vivo, más flexible.

Quizá el desarrollo personal no vaya de iluminar cada rincón, sino de aprender a convivir con ciertas sombras sin miedo. De confiar en que no todo tiene que ser explicado para ser vivido con sentido.

Y tú, ¿qué parte de ti sigues intentando entender a la fuerza? ¿Qué pasaría si, por una vez, no hicieras nada con ella… salvo escucharla?

El cambio no empieza en las personas: empieza en las condiciones

El cambio

Hay años que no se limitan a pasar, sino que nos colocan delante de una pregunta incómoda: ¿qué tendría que cambiar de verdad para que esta vez no nos quedemos en la intención? El inicio de un nuevo año suele venir cargado de propósitos, pero también de una experiencia repetida: sabemos lo que habría que hacer y, aun así, no lo hacemos. En coaching, en liderazgo y en aprendizaje se habla mucho de voluntad, de actitud, de mentalidad, como si el cambio dependiera principalmente de lo que cada persona lleva dentro. Y quizá ahí está uno de los errores más persistentes.

Cuando algo no cambia, tendemos a mirar a la persona. Pensamos que le falta compromiso, que no está preparada o que se resiste. Es una explicación rápida y tranquilizadora, porque nos libera de revisar el contexto. Pero las personas no actuamos en el vacío. Actuamos dentro de sistemas, culturas, normas explícitas y silencios implícitos. Nos comportamos de la manera que ese entorno hace razonable, segura o rentable. Cuando una conducta no aparece, muchas veces no es un fallo individual, sino una pista muy clara sobre las condiciones en las que se está pidiendo ese cambio.

Además, solemos sobreestimar lo imprevisible del comportamiento humano. Las reacciones ante el cambio no son tan caprichosas como creemos. Son bastante previsibles. Cuando alguien se pone a la defensiva, no está siendo difícil; está protegiendo algo que siente amenazado: su competencia, su identidad o su lugar. Negar, justificar, evitar o enfadarse no es patológico, es adaptativo. Son respuestas lógicas cuando el cambio se vive como juicio. Y aquí conviene hacerse una pregunta honesta: ¿estamos pidiendo transformación en un entorno que obliga a defenderse?

También hemos inflado tanto algunas etiquetas psicológicas que a veces las usamos como atajos explicativos. Hablamos de motivación, compromiso, resiliencia o mentalidad como si fueran rasgos estables que alguien tiene o no tiene. Pero la conducta suele explicarse mucho mejor por las condiciones que por los rasgos. Una persona puede parecer poco implicada en un contexto confuso, evaluador o contradictorio y mostrarse activa y creativa cuando sabe qué se espera, cómo aprender y para qué sirve su esfuerzo. La motivación no se despierta con discursos; se construye cuando el esfuerzo tiene sentido y consecuencias claras.

Cada persona, además, vive dentro de una historia que se cuenta a sí misma: “esto no es lo mío”, “yo soy así”, “no sirvo para esto”. Esas narrativas no siempre son ciertas, pero influyen. Se convierten en profecías que se cumplen solas. El problema no es tenerlas, sino creer que podemos diagnosticar las de los demás a partir de su conducta. Ver a alguien dudar y concluir que “no tiene la mentalidad adecuada” dice más de quien juzga que de quien duda. Las personas somos más complejas que una etiqueta.

Todo esto se vuelve especialmente visible cuando aparece la defensa. Nadie aprende bien bajo juicio. Cuando una persona siente que su competencia está en entredicho, su energía se va a protegerse, no a explorar. Por eso tantos procesos de mejora fracasan cuando se apoyan en la observación, la evaluación y la corrección desde una posición de poder. No porque la gente sea frágil, sino porque se le pide que aprenda mientras se siente examinada. Aprender exige margen, y ese margen desaparece cuando hay miedo a quedar mal, a perder estatus o a ser señalado.

Hay un factor especialmente olvidado en los procesos de cambio: la creencia de que el esfuerzo sirve. No hablamos de optimismo ni de confianza genérica, sino de algo muy concreto: la sensación de que lo que hago tiene un efecto previsible. Cuando el entorno responde de forma clara, las personas se implican. Cuando el entorno es volátil, opaco o contradictorio, incluso personas capaces y con buena intención se apagan. Por eso frases como “arriesga más” o “confía en ti” suelen quedarse en nada: ignoran el sistema en el que se pide ese riesgo.

Conviene aclarar también un malentendido frecuente. Un entorno psicológicamente seguro no es un entorno cómodo. Aprender incomoda. Cambiar remueve. Revisar creencias molesta. La seguridad no consiste en evitar el malestar, sino en que ese malestar no tenga castigo. Que se pueda preguntar, equivocarse o disentir sin quedar marcado. Cuando confundimos seguridad con confort, bajamos el nivel y empobrecemos el aprendizaje. El verdadero reto es sostener la incomodidad sin humillar, exigir sin amenazar y cuestionar sin desautorizar.

 

Un ejemplo: rediseñar las condiciones

Imagina que tu objetivo es perder peso. No como una idea vaga, sino como algo que realmente te importa. Sabes lo que habría que hacer. Comer mejor, moverte más, cuidarte. El problema no suele estar ahí. El problema aparece cuando intentas llevarlo a la práctica en tu día a día real.

Pérdida Peso

Primer paso: deja de preguntarte “qué fuerza de voluntad me falta” y empieza por “qué condiciones tengo ahora mismo”. Observa tu entorno con honestidad. ¿Qué hay en casa cuando llegas cansado? ¿A qué hora comes de verdad? ¿En qué momento del día tomas decisiones importantes sobre comida o ejercicio? Si las decisiones se toman cuando estás agotado, el sistema ya está mal diseñado.

Segundo paso: cambia el entorno antes que el hábito. No empieces prometiéndote que comerás mejor. Empieza haciendo que comer peor sea menos probable. Compra distinto, cocina con antelación, deja visible lo que te ayuda y esconde lo que te complica. No es autocontrol, es arquitectura. El objetivo es que la opción saludable no dependa de tu estado de ánimo.

Tercer paso: ajusta el esfuerzo al nivel de energía real. Si llevas días intentando “empezar fuerte” y abandonando, probablemente el problema no es tu constancia, sino la exigencia inicial. Empieza por lo mínimo sostenible. Caminar 20 minutos después de comer, preparar dos comidas clave a la semana, acostarte media hora antes. El cambio se consolida cuando no exige heroicidad.

Cuarto paso: elimina el juicio del proceso. Pesarte a diario con enfado, compararte o castigarte cuando fallas solo activa defensa y abandono. Cambia la pregunta “¿lo he hecho bien o mal?” por “¿qué ha funcionado y qué no en estas condiciones?”. El aprendizaje sustituye a la culpa y permite ajustar sin romper.

Quinto paso: crea señales claras de eficacia. Si no ves resultados, aunque sean pequeños, la motivación cae. Define indicadores que puedas notar pronto: más ligereza, mejor descanso, menos ansiedad con la comida, más regularidad. El cuerpo responde antes de que la báscula lo confirme. Reconocerlo mantiene el proceso vivo.

Sexto paso: revisa el relato que te cuentas. No eres “una persona sin fuerza de voluntad”. Estás intentando cambiar dentro de un sistema que no acompaña. Cuando cambian las condiciones, la conducta suele seguir detrás. No por magia, sino por coherencia.

Perder peso, visto así, deja de ser una lucha interna y se convierte en un rediseño práctico del día a día. Lo mismo ocurre con el aprendizaje, el liderazgo o cualquier cambio relevante. Antes de exigirte más, revisa el contexto que estás manteniendo. A veces, cambiar el entorno es la forma más directa de cuidarte.

Si este texto te ha hecho replantearte cómo estás intentando generar cambios —en ti, en tu equipo, o en tu organización —, quizá sea buen momento para parar y mirar el contexto con más calma. A veces, un espacio de coaching sirve justo para eso: entender qué condiciones están jugando a favor… y cuáles no.