El cambio no empieza en las personas: empieza en las condiciones

El cambio

Hay años que no se limitan a pasar, sino que nos colocan delante de una pregunta incómoda: ¿qué tendría que cambiar de verdad para que esta vez no nos quedemos en la intención? El inicio de un nuevo año suele venir cargado de propósitos, pero también de una experiencia repetida: sabemos lo que habría que hacer y, aun así, no lo hacemos. En coaching, en liderazgo y en aprendizaje se habla mucho de voluntad, de actitud, de mentalidad, como si el cambio dependiera principalmente de lo que cada persona lleva dentro. Y quizá ahí está uno de los errores más persistentes.

Cuando algo no cambia, tendemos a mirar a la persona. Pensamos que le falta compromiso, que no está preparada o que se resiste. Es una explicación rápida y tranquilizadora, porque nos libera de revisar el contexto. Pero las personas no actuamos en el vacío. Actuamos dentro de sistemas, culturas, normas explícitas y silencios implícitos. Nos comportamos de la manera que ese entorno hace razonable, segura o rentable. Cuando una conducta no aparece, muchas veces no es un fallo individual, sino una pista muy clara sobre las condiciones en las que se está pidiendo ese cambio.

Además, solemos sobreestimar lo imprevisible del comportamiento humano. Las reacciones ante el cambio no son tan caprichosas como creemos. Son bastante previsibles. Cuando alguien se pone a la defensiva, no está siendo difícil; está protegiendo algo que siente amenazado: su competencia, su identidad o su lugar. Negar, justificar, evitar o enfadarse no es patológico, es adaptativo. Son respuestas lógicas cuando el cambio se vive como juicio. Y aquí conviene hacerse una pregunta honesta: ¿estamos pidiendo transformación en un entorno que obliga a defenderse?

También hemos inflado tanto algunas etiquetas psicológicas que a veces las usamos como atajos explicativos. Hablamos de motivación, compromiso, resiliencia o mentalidad como si fueran rasgos estables que alguien tiene o no tiene. Pero la conducta suele explicarse mucho mejor por las condiciones que por los rasgos. Una persona puede parecer poco implicada en un contexto confuso, evaluador o contradictorio y mostrarse activa y creativa cuando sabe qué se espera, cómo aprender y para qué sirve su esfuerzo. La motivación no se despierta con discursos; se construye cuando el esfuerzo tiene sentido y consecuencias claras.

Cada persona, además, vive dentro de una historia que se cuenta a sí misma: “esto no es lo mío”, “yo soy así”, “no sirvo para esto”. Esas narrativas no siempre son ciertas, pero influyen. Se convierten en profecías que se cumplen solas. El problema no es tenerlas, sino creer que podemos diagnosticar las de los demás a partir de su conducta. Ver a alguien dudar y concluir que “no tiene la mentalidad adecuada” dice más de quien juzga que de quien duda. Las personas somos más complejas que una etiqueta.

Todo esto se vuelve especialmente visible cuando aparece la defensa. Nadie aprende bien bajo juicio. Cuando una persona siente que su competencia está en entredicho, su energía se va a protegerse, no a explorar. Por eso tantos procesos de mejora fracasan cuando se apoyan en la observación, la evaluación y la corrección desde una posición de poder. No porque la gente sea frágil, sino porque se le pide que aprenda mientras se siente examinada. Aprender exige margen, y ese margen desaparece cuando hay miedo a quedar mal, a perder estatus o a ser señalado.

Hay un factor especialmente olvidado en los procesos de cambio: la creencia de que el esfuerzo sirve. No hablamos de optimismo ni de confianza genérica, sino de algo muy concreto: la sensación de que lo que hago tiene un efecto previsible. Cuando el entorno responde de forma clara, las personas se implican. Cuando el entorno es volátil, opaco o contradictorio, incluso personas capaces y con buena intención se apagan. Por eso frases como “arriesga más” o “confía en ti” suelen quedarse en nada: ignoran el sistema en el que se pide ese riesgo.

Conviene aclarar también un malentendido frecuente. Un entorno psicológicamente seguro no es un entorno cómodo. Aprender incomoda. Cambiar remueve. Revisar creencias molesta. La seguridad no consiste en evitar el malestar, sino en que ese malestar no tenga castigo. Que se pueda preguntar, equivocarse o disentir sin quedar marcado. Cuando confundimos seguridad con confort, bajamos el nivel y empobrecemos el aprendizaje. El verdadero reto es sostener la incomodidad sin humillar, exigir sin amenazar y cuestionar sin desautorizar.

 

Un ejemplo: rediseñar las condiciones

Imagina que tu objetivo es perder peso. No como una idea vaga, sino como algo que realmente te importa. Sabes lo que habría que hacer. Comer mejor, moverte más, cuidarte. El problema no suele estar ahí. El problema aparece cuando intentas llevarlo a la práctica en tu día a día real.

Pérdida Peso

Primer paso: deja de preguntarte “qué fuerza de voluntad me falta” y empieza por “qué condiciones tengo ahora mismo”. Observa tu entorno con honestidad. ¿Qué hay en casa cuando llegas cansado? ¿A qué hora comes de verdad? ¿En qué momento del día tomas decisiones importantes sobre comida o ejercicio? Si las decisiones se toman cuando estás agotado, el sistema ya está mal diseñado.

Segundo paso: cambia el entorno antes que el hábito. No empieces prometiéndote que comerás mejor. Empieza haciendo que comer peor sea menos probable. Compra distinto, cocina con antelación, deja visible lo que te ayuda y esconde lo que te complica. No es autocontrol, es arquitectura. El objetivo es que la opción saludable no dependa de tu estado de ánimo.

Tercer paso: ajusta el esfuerzo al nivel de energía real. Si llevas días intentando “empezar fuerte” y abandonando, probablemente el problema no es tu constancia, sino la exigencia inicial. Empieza por lo mínimo sostenible. Caminar 20 minutos después de comer, preparar dos comidas clave a la semana, acostarte media hora antes. El cambio se consolida cuando no exige heroicidad.

Cuarto paso: elimina el juicio del proceso. Pesarte a diario con enfado, compararte o castigarte cuando fallas solo activa defensa y abandono. Cambia la pregunta “¿lo he hecho bien o mal?” por “¿qué ha funcionado y qué no en estas condiciones?”. El aprendizaje sustituye a la culpa y permite ajustar sin romper.

Quinto paso: crea señales claras de eficacia. Si no ves resultados, aunque sean pequeños, la motivación cae. Define indicadores que puedas notar pronto: más ligereza, mejor descanso, menos ansiedad con la comida, más regularidad. El cuerpo responde antes de que la báscula lo confirme. Reconocerlo mantiene el proceso vivo.

Sexto paso: revisa el relato que te cuentas. No eres “una persona sin fuerza de voluntad”. Estás intentando cambiar dentro de un sistema que no acompaña. Cuando cambian las condiciones, la conducta suele seguir detrás. No por magia, sino por coherencia.

Perder peso, visto así, deja de ser una lucha interna y se convierte en un rediseño práctico del día a día. Lo mismo ocurre con el aprendizaje, el liderazgo o cualquier cambio relevante. Antes de exigirte más, revisa el contexto que estás manteniendo. A veces, cambiar el entorno es la forma más directa de cuidarte.

Si este texto te ha hecho replantearte cómo estás intentando generar cambios —en ti, en tu equipo, o en tu organización —, quizá sea buen momento para parar y mirar el contexto con más calma. A veces, un espacio de coaching sirve justo para eso: entender qué condiciones están jugando a favor… y cuáles no.

 

 

Cómo se ve, se siente y se practica la asertividad

Comportamientos concretos de una persona que sabe ponerse en su lugar

Durante años se ha hablado de la asertividad como si fuera un concepto abstracto: “decir lo que piensas”, “defender tus derechos”, “poner límites”.

Pero la vida real es otra cosa: situaciones incómodas, conversaciones que dan vértigo, dudas sobre si estamos siendo demasiado duros o demasiado blandos.

Y ahí surge la pregunta clave:

  • ¿Cómo se comporta una persona verdaderamente asertiva?
  • ¿Qué hace, qué dice, qué gestos tiene?
  • ¿Cómo podemos observarlo en la práctica cotidiana?

Porque la asertividad no es una idea; es una forma concreta de habitar las relaciones.

Asertividad: una presencia que se nota antes de que se diga una palabra

La asertividad no empieza en la frase, sino en la presencia, en la corporalidad. La reconocemos en personas que transmiten algo así como: “estoy aquí, me escucho y te escucho”.

No es arrogancia ni sumisión. Es una mezcla de claridad, serenidad y respeto que se siente al instante.

En sesiones coaching lo explico así: la asertividad es sostenerte sin aplastar y escuchar sin desaparecer.


1. Hablan con claridad, sin disfrazar lo que sienten

Una persona asertiva no da rodeos eternos. Tampoco dispara frases hirientes. Dice lo que necesita decir, de manera directa, amable y sin justificar en exceso.

Frases típicas de alguien asertivo:

  • “Esto no me funciona.”
  • “Prefiero otra opción.”
  • “Necesito pensarlo antes de decidir.”
  • “Gracias, pero ahora no puedo.”

No dejan lugar a ambigüedades, pero tampoco generan agresión.

2. Usan un lenguaje que se hace responsable de lo que sienten

Un rasgo clave: hablan desde el “yo” y no desde el “tú” acusador.

En vez de: “siempre me haces sentir mal” (acusación),  dicen: “cuando pasa esto, me siento incómodo y necesito que lo hablemos” (responsabilidad). 

Este pequeño cambio cambia toda una relación.

3. Ponen límites sin disculparse por existir

Una persona asertiva no vive pidiendo perdón por cada paso que da. Un límite asertivo se expresa con naturalidad, no con culpa. Ejemplos:

  • “No podré hacerlo este fin de semana.”
  • “No puedo atender llamadas después de las siete.”
  • “No es algo que quiera asumir ahora.

No buscan aprobación, buscan coherencia.

4. Escuchan con presencia real

La asertividad no es solo hablar, también es escuchar sin interrumpir, sin defenderse y sin preparar el contraataque mental. Una persona asertiva:

  • te mira a los ojos
  • respira mientras te escucha
  • no se encierra en su relato
  • hace preguntas para entender
  • no da por supuesto que ya sabe lo que piensas

Esa apertura es una enorme señal de madurez emocional.

5. Su cuerpo acompaña lo que dicen

La corporalidad es clave, se nota en:

  • postura abierta, sin rigidez
  • hombros relajados
  • tono de voz calmado
  • volumen estable
  • gestos claros, sin brusquedades

No necesitan imponerse físicamente, transmiten seguridad desde la naturalidad.

6. Gestionan el desacuerdo sin convertirlo en guerra

La asertividad no busca ganar, busca comprender y ser comprendida. Comportamientos típicos:

  • dicen “esto lo vemos distinto” sin dramatizar
  • no entran en provocaciones
  • distinguen problema de persona
  • saben retirarse cuando la conversación pierde calidad

Desacuerdo no significa ruptura, significa diferencia.

7. Saben pedir lo que necesitan sin sentir vergüenza

Pedir no es debilidad: es autocuidado. Una persona asertiva pide:

  • tiempo
  • ayuda
  • aclaraciones
  • espacio
  • descanso

Sin miedo a la reacción del otro, sin disfrazarlo de excusa.

8. No se culpan por las emociones de los demás

Un comportamiento asertivo muy claro: entender la diferencia entre responsabilidad propia y responsabilidad ajena.

No cargan con todo. No asumen la emocionalidad del otro como propia.

Y saben decir: “entiendo que esto te moleste, pero es lo que necesito.” Eso es salud relacional.

9. Hacen una pausa consciente antes de reaccionar

Este punto es uno de los más visibles —y más admirables— en una persona realmente asertiva: no reacciona por impulso.

La impulsividad suele nacer del cuerpo antes que de la mente.

El pecho se encoge. La mandíbula se tensa. El estómago se activa. El pulso sube. El cuerpo se prepara para defenderse, atacar o retirarse.

Una persona asertiva reconoce esos microavisos corporales. Sabe que antes de la reacción aparece una señal: una presión en la garganta, un calor en la cara, un nudo en el pecho.

Y, en lugar de dejarse arrastrar, hace algo diferente:

  • Pausa.
  • Respira.
  • Se recoloca.
  • Observa lo que está sintiendo.
  • Y solo entonces elige.

Ese pequeño espacio —entre el estímulo y la respuesta— es donde nace la asertividad real.

En esa pausa:

  • baja la intensidad emocional
  • se aclara la intención
  • se evita la palabra que lastima
  • se elige la respuesta que representa quién quieres ser

Una persona asertiva no niega lo que siente, pero tampoco entrega su coherencia a un impulso momentáneo.

Hace un acto íntimo de presencia para decidir:

“¿Qué quiero decir? ¿Cómo quiero decirlo? ¿Con qué emoción quiero entrar en esta conversación?”

Ese gesto es madurez emocional en acción.

10. Después de una conversación difícil… no se castiguen

Uno de los indicadores más silenciosos de la asertividad es esta actitud: no rumian, no se flagelan, no se destruyen mentalmente después.

Se preguntan:

  • ¿Fui coherente?
  • ¿Fui honesto?
  • ¿Fui respetuoso?

Si la respuesta es sí, sueltan. Esa paz también es asertividad.

La asertividad no es una técnica: es una forma de existir.  No se trata de aprender cuatro frases, sino de habitar un modo de estar en el mundo:

  • presente
  • claro
  • respetuoso
  • capaz de sostenerse sin herir
  • capaz de escuchar sin desaparecer

La asertividad real nace del equilibrio entre la dignidad propia y la dignidad del otro.

¿Quieres desarrollar una presencia más asertiva? Trabaja y entrena:

  • lenguaje interno
  • límites
  • emoción que sostiene la voz
  • narrativas que dan permiso
  • hábitos conversacionales
  • coherencia cuerpo–lenguaje–acción

Para que no solo sepas responder… sino que puedas existir de una forma más plena y más tuya.

Si lo deseas, puedes reservar una llamada gratuita de valoración de 15 minutos en www.coachingvalencia.com y exploramos juntos tu caso.

Cultiva la alegría: el poder silencioso de sonreír(se)

¿Cuándo fue la última vez que te sorprendiste sonriendo sin motivo?

No a alguien, a ti. Por dentro. En silencio.

Esa sonrisa tímida, espontánea, que nace del cuerpo antes que de la mente.

En un mundo que muchas veces nos invita a la prisa, la exigencia y la preocupación, la alegría no es un regalo: es una práctica. Y como toda práctica, se cultiva. No siempre brota sola. Hay que regarla.

La alegría no es euforia. Es raíz.

Confundimos la alegría con estar siempre arriba, con energía, con un entusiasmo desbordante. Pero la alegría verdadera es mucho más honda:

  • No depende de cómo van las cosas, sino de cómo las miras.
  • No necesita grandes éxitos, sino pequeños momentos.
  • No grita. A veces, ni se nota desde fuera.
    Es ese murmullo cálido que te recuerda que, aun en medio del caos, tienes algo bueno que agradecer, que valorar, que cuidar.

¿Y si empezamos por la sonrisa?

Mucho antes de que la ciencia hablara de neuronas espejo o circuitos de retroalimentación emocional, los sabios ya lo intuían: el cuerpo influye en el alma.

Y una de las herramientas más sencillas y potentes que tenemos para generar bienestar es la sonrisa.

No se trata de forzarla. Se trata de invitarla.

Prueba esto:

  • Cierra los ojos.
  • Relaja el rostro.
  • Dibuja una pequeña sonrisa… no en la boca, sino en tu interior.
  • Lleva esa sonrisa al estómago. Al pecho. A tus manos.
  • Quédate ahí unos segundos. Y respira.

Este gesto, aunque parezca tonto, tiene efecto fisiológico real:

  • Activa el sistema parasimpático (el de la calma).
  • Reduce niveles de cortisol.
  • Libera endorfinas.
  • Y poco a poco, te cambia el estado interno.

Es lo que hacen muchas tradiciones contemplativas.

No esperan a sentirse bien para sonreír. Sonríen para sentirse bien.

Como decía Thich Nhat Hanh: “A veces tu alegría es la fuente de tu sonrisa. Pero a veces tu sonrisa puede ser la fuente de tu alegría.” En el mismo sentido, la ontologia del lenguaje postula que “no solo actuamos de acuerdo a cómo somos, sino que también somos de acuerdo a cómo actuamos, la acción genera ser”.

Sonreir

Sonreír no es negar el dolor. Es abrir espacio a lo que sí funciona.

Hay momentos oscuros. Hay días en que la alegría parece un lujo ajeno.

Pero incluso ahí, se puede cultivar.

¿Cómo?

  • Recuerda un instante en el que te sentiste feliz. Revívelo con todos los sentidos.
  • Mira a alguien con ternura. Aunque sea desde el recuerdo.
  • Celebra una pequeña victoria. Un “hoy me levanté”, un “hoy me escuché”.
  • Escucha música que te eleve. No para huir, sino para regresar a ti.
  • Rodéate de personas que te permitan ser tú sin disfrazarte.

Y sobre todo: cultiva la alegría en tu trato contigo.

  • Habla con más amabilidad.
  • Permítete fallar sin castigo.
  • Agradece lo que sí lograste hoy.
  • Y mírate con esa sonrisa interna… la que no espera aplausos.

La alegría no se busca, se cultiva.

No necesitas un motivo para sentir alegría.

Necesitas una práctica que te devuelva a ti.

Una forma de estar en el mundo menos rígida, más liviana.

Una decisión diaria: elegir la sonrisa como gesto de cuidado.

Así, poco a poco, la alegría no será una visita esporádica, sino una compañera de camino.

¿Quieres empezar hoy?

Ponte delante del espejo. Mírate. Respira. Sonríe. No porque todo esté bien. Sino porque tú decides estar mejor.