Este verano canta para vivir mejor. Lo que la neurociencia nos enseña

Cantar contribuye al bienestar

Quizá nunca te lo habías planteado, pero cantar —sí, simplemente cantar— es mucho más que una actividad artística o una afición que reservamos para la ducha o el coche. La neurociencia nos está mostrando que el canto tiene un efecto profundo en nuestro cerebro y, por extensión, en nuestra vida emocional, social e incluso física.

Cuando cantas, los cuatro lóbulos de tu cerebro se activan al mismo tiempo: el frontal, el parietal, el temporal y el occipital. Es un “baño neuronal” en toda regla. Esta activación global hace que regiones del cerebro trabajen juntas de formas poco habituales, generando conexiones que no solo mejoran la coordinación y la memoria, sino que también ayudan a regular emociones.

¿Sabías que cantar promueve la neuroplasticidad?

Es decir, tu cerebro cambia su estructura cuando lo haces con cierta regularidad. Cantar puede “reparar” circuitos neuronales dañados y abrir caminos nuevos para procesos como el lenguaje, la atención o la creatividad.

Recuerdo las primeras veces que canté en un coro: tendría unos 13 años, en aquella asignatura de Canto Coral. Me fascinaba cómo, de repente, tantas voces diferentes podían mezclarse y crear algo único, casi mágico. Y de vez en cuando, el profesor Diego nos pedía cantar un fragmento a solas… entonces el corazón se me aceleraba, pero descubrí algo valioso: que cantar, incluso con miedo, te abre un espacio interior, una conexión íntima con algo profundo que a veces ni siquiera sabes poner en palabras. Y no hace mucho, en una época de cambios, participé en un taller de cantos armónicos; una experiencia transformadora que te conecta de una forma muy especial contigo y con el grupo. Los sonidos que salen desde lo más hondo de tu ser son difíciles de describir, pero te recomiendo vivirlo: hay algo sanador en sentir cómo tu voz se mezcla con la de los demás hasta convertirse en una vibración compartida.

Cantar libera oxitocina y endorfinas, hormonas vinculadas con el placer y el vínculo social. No es casualidad que nos sintamos unidos cuando cantamos en grupo —piensa en coros, conciertos, fiestas populares— ni que se nos dibuje una sonrisa tras tararear nuestra canción favorita.

Preguntas para reflexionar

  • ¿Cuándo fue la última vez que cantaste sin preocuparte por cómo sonabas?
  • ¿Recuerdas alguna canción que te “salvó” en un momento difícil?
  • ¿Qué emociones aparecen en ti cuando cantas o escuchas cantar a alguien?

Prácticas de coaching para integrar el canto en tu vida

  1. Elige una canción al día. Dedica cinco minutos a cantarla, sin importar si desafinas. Hazlo como un acto de autocuidado.
  2. Canta en compañía. Únete a un coro local, canta con tus hijos, tus amigos o tu pareja. La conexión social amplifica los beneficios.
  3. Usa el canto como reset emocional. Cuando te sientas bloqueado o cargado, canta algo que te mueva. Notarás cómo tu energía cambia.
  4. Crea tu lista de “canciones medicina”. Temas que te suben el ánimo, que te calman o que te ayudan a soltar emociones atrapadas. Cada trimestre, yo creo mi lista de canciones.

Cantar no es un acto reservado a los profesionales ni a los escenarios. Es una herramienta natural de bienestar a la que todos tenemos acceso, gratuita y siempre disponible. Si en tu infancia te dijeron que “no tienes oído”, ignora esa voz: la ciencia lo tiene claro, tu cerebro no distingue entre cantar “bien” o “mal”, solo reconoce que cantar le hace bien.

Este verano, prueba algo distinto: en lugar de solo escuchar música, atrévete a cantarla. No para gustar a nadie, sino para cuidarte. Porque cantar, más que un talento, es una forma de vivir con más alegría, salud y conexión.